El viaje a Canarias del Papa León XIV ha sido ejemplar. Ha denunciado el sórdido negocio de los que se lucran y hacen negocio con la vida de los migrantes o que permitamos que el Mediterráneo y el Atlántico se conviertan en cementerios para miles de personas y sigamos mirando para otro lado. No es posible olvidar. Con la misma firmeza ha defendido el derecho de los inmigrantes a buscar una vida digna en otro lugar, porque la inmensa mayoría de los que abandonan su país lo hacen forzados por la pobreza, por la violencia o por la falta de oportunidades, así como la obligación de los países ricos, de Europa en concreto, de acogerlos, como personas que son, protegerlos y, sobre todo, integrarlos. Pero también ha dicho que no hay que quedarse solo en ese enfoque sino que hay que atacar las causas.
No es fácil resolver el problema de la inmigración y menos aún si no se debate buscando consensos y altura de miras y no se atacan las causas en su origen. Hagamos lo que hagamos, cerremos las fronteras o no, llevemos a los inmigrantes a campos de concentración en terceros países, como Europa está decidiendo hacer, van a seguir llegando a España y desde aquí a Europa. Descenderá temporalmente, tal vez, pero cuando se huye de la miseria y de la guerra, de la falta de oportunidades, el problema seguirá existiendo. Nadie es ilegal y todos tenemos el mismo derecho a existir. Pero, además, un país como España se hundiría mañana si dejaran de llegar inmigrantes. Es la inseguridad económica y no la inmigración la que impulsa el populismo y la que ayuda a meter el miedo en el cuerpo a las personas. Otra cosa es cuando las políticas se hacen mal. España está haciendo muchas cosas mal. Entre ellas no facilitar su integración como elemento básico para su permanencia en El País. Tener a miles de menores no acompañados en centros de internamiento o atenderlos hasta los dieciocho años y luego dejarlos en las calles sin papeles. ¿Qué van a hacer sino delinquir? Enseñarles el idioma, favorecer que aprendan oficios y profesiones y que crezcan en convivencia debería ayudar. Regularizarles es un camino, pero cuando se hace mal, tampoco es una solución. Pero esas regularizaciones las han hecho gobiernos socialistas y populares y más de la mitad de los migrantes que hoy trabajan en España han estado durante años en situación de irregularidad. La inclusión en las empresas sigue siendo la mejor vía para conseguir la integración y los empresarios aseguran que regularizarlos es necesario. Decir que el dinero que va a la inmigración se destine a favorecer la natalidad de los españoles no deja de ser un buenismo farisaico. Los españoles no tienen menos hijos porque no se les den ayudas -aunque hay que darlas- sino porque no pueden permitírselo o no quieren hacerlo. ¿Qué hay que expulsar a los que delinquen reiteradamente? No tengo la menor duda. Pero ya tenemos leyes para hacerlo. Al que trabaja, cotiza, se integra y lucha por su nueva tierra de acogida, hay que tratarle como lo que es: una persona. El 90 por ciento de los inmigrantes irregulares son iberoamericanos que entran como turistas por los aeropuertos. Gracias a ellos, muchas mujeres españolas se han podido incorporar al mercado de trabajo, muchos ancianos tienen cuidadores, hay camareros que nos atienden, albañiles que construyen las casas que necesitamos, personas que recogen las frutas y verduras o nuestra basura, mientras dos millones y medio de españoles cobran todos los meses el paro.
El Papa ha defendido el derecho de los migrantes a no emigrar, a no tener que emigrar, a poder desarrollarse con dignidad en sus países de origen. Esos países se están descapitalizando porque se van los más jóvenes y, en muchos casos, personas con estudios. ¿Quién levantará Camerún o Marruecos, quién lo desarrollará si todos los jóvenes huyen y si Occidente se lleva sus materias primas? Afirmar, como ha hecho VOX, que "la Iglesia hace negocio con la inmigración ilegal", no sólo es una estupidez y una mentira sino una prueba de su odio al inmigrante, sobre todo al pobre, al que desprecian. Hay que actuar contra las mafias, hay que presionar a los países gobernados por dictadores, hay que hacer acuerdos para ayudar a su desarrollo, hay que aprobar vías legales para la inmigración. Cuando se distingue entre vidas dignas o no, con la inmigración, pero también con el aborto o la eutanasia, se emprende un trayecto sin retorno.
La inmigración es un problema grave que exige acuerdos nacionales e internacionales, pero también generosidad e inteligencia. Italia ha reducido mucho la inmigración, pero Meloni está dando 150.000 visados al año para trabajar. Suiza ha rechazado en referéndum limitar su población para reducir el número de extranjeros. A lo mejor hay que hacer otras cosas.
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