En defensa, pese a todo, de Begoña Gómez

En defensa, pese a todo, de Begoña Gómez

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MADRID 21 Jun.

Dudo mucho de que alguien haya podido encontrar en algún medio o portavoz serio una defesa cerrada de la instrucción y las medidas dictadas por el juez Peinado, el infatigable perseguidor de Begoña Gómez, la mujer del Presidente del Gobierno. Los últimos pasos, la retirada del pasaporte y otras medidas cautelares, junto al envío del caso para que sea un jurado quien lo resuelva, serán sin duda (confío) revocados por la Audiencia Provincial de Madrid, que será, a la postre, quien resuelva si el magistrado Juan Carlos Peinado se ha pasado o no. Y, como cronista y aficionado tardío al Derecho que estudié sin aprovechamiento en mi juventud, tengo que unirme al coro de quienes piensan que este magistrado ya no está facultado para seguir con un caso en el que muestra un empecinamiento poco jurídico, un auténtico 'lawfare' contra la esposa del inquilino de La Moncloa.

De ninguna manera defenderé la actuación de Begoña Gómez como habitante conyugal en una Moncloa a la que convirtió en despacho para sus negocios, si así puede llamárselos. Por menos de lo que ella ha escandalizado a la opinión público un marido primer ministro habría seguramente dimitido avergonzado en muy variados países de Europa. Begoña Gómez es una aprovechada, una frescales, en el argot popular de mi infancia, pero no es una delincuente en el sentido en el que Concepción Arenal lo definía.

Retirar el pasaporte a la mujer del presidente del Gobierno y, encima, sugerir que sus propios escoltas pueden ayudarla a huir, parece muy fuerte. Pero no más que someter al veredicto de un jurado el destino de una persona ante la que ningún miembro de ese jurado puede permanecer indiferente: ella, desde luego, no cae demasiado bien a la opinión pública (y publicada), pero su marido es objeto de controversia constante, para bien o para mal. ¿Cómo no pensar que los integrantes de ese jurado de ninguna manera podrían mantener su imparcialidad ante la acusada?

Es obvio, y todos lo recalcan, que Pedro Sánchez no hubiera podido encontrar un mejor instructor para la causa de su mujer que alguien como Peinado, que, próximo a la jubilación, ha mostrado que es incapaz hasta de redactar un auto de manera comprensible y con una mínima corrección ortográfica. Lo de Begoña Gómez merece, pienso tras estudiar hasta donde me llega el caso, repudio político, ético y estético; pero no me parece que haya causa penal. No hasta el punto, creo, de extremar las medidas cautelares impuestas por Peinado, que de una vez debería ser formalmente requerido por el Consejo del Poder Judicial para que rectifique sus excesos. ¿Para qué sirve, si no, el Consejo, ahora pienso que tan dignamente presidido por alguien que, como Isabel Perelló, me resulta inimaginable que no tome cartas en el asunto ante la magnitud del escándalo?

Claro, lo que hace Peinado para nada puede extenderse, como intentan 'sotto voce' algunos susurros desde La Moncloa y Ferraz, a otros jueces instructores de casos incómodos para el Gobierno y mucho menos tratar de hacer llegar las salpicaduras hasta el Tribunal Supremo. Es urgente restablecer la confianza de los españoles en la justicia, cosa a la que no contribuyen especialmente ni el ministro del ramo, Félix Bolaños, ni otros miembros del Gobierno, muy señaladamente 'los óscares'. Ni tampoco, desde luego, contribuyen a ello ni Peinado ni otros magistrados que se dejan clasificar como 'de la derecha' o 'de la izquierda', y no voy ahora a citar nombres ya muy paseados por cenáculos y mentideros.

Y es urgente también restablecer el prestigio dañado de las fuerzas del orden, daño al que tampoco han sido del todo ajenos algunos miembros del Gobierno, como es ya más que evidente. Por resumir, Pedro Sánchez, el hombre con más poder en El País, debería haberlo abandonado de una u otra forma hace meses, antes de que el comienzo de la dispersión de la basura les afectase en tan gran medida a su Gobierno, a su partido y a él mismo. Por el contrario, se esfuerza en prolongar su mandato más allá de lo razonable y mucho más allá de lo conveniente para el país, para el socialismo, para su propia mujer y para sí mismo.

Pero creo que Sánchez ya no repetirá muchas veces aquello de que agotará la Legislatura y después se presentará a las elecciones, allá por finales de 2027, para ganarlas y seguir pisando la alfombra roja otros cuatro años. Eso, presidente, ya no es posible y me parece que usted lo sabe. Y lo peor es que alguien como Peinado, que me parece un baldón para el estamento judicial, sea quien lo está haciendo, al final del trayecto, más evidente.


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