Madrid. Círculo de Bellas Artes. Teatro Fernando de Rojas. 14-VI-2026. VII Temporada del Círculo de Cámara. Isabelle Faust (violín). Kristian Bezuidenhout (clave). J.S. Bach: Las Seis sonatas para violín y clave BWV 1014-1019.
El cierre de la brillante temporada (séptima, ya) del Círculo de Cámara, que comanda con su acostumbrado éxito Antonio Moral tenía por protagonista al genio de los genios, Johann Sebastian Bach, con una faceta tan interesante –en algunos rincones, como el explorado hoy–, no suficientemente conocida: las “Sonatas para violín y clave”, concebidas probablemente hacia 1723-25, como apunta oportunamente Enrique Martínez Miura en sus precisas y muy bien condensadas notas (la limitación de espacio en este asunto de las notas es siempre un reto).
Obras llenas de la mejor imaginación (el comienzo del primer tiempo de la “Primera sonata”, por ejemplo, con esa nota sostenida del violín que surge de la nada “in crescendo” sobre el melancólico dibujo del clave, es de una belleza impagable), construidas en su casi totalidad (la sexta es la excepción) con el esquema lento-rápido-lento-rápido característico de la “sonata da Chiesa”. Bach consigue, como siempre, llevarnos de una maravilla a otra. Hay en esta música alegría (muchos de los movimientos rápidos, quede el último de la “Sexta sonata” como ejemplo), tristeza (qué hermosura el tiempo inicial de la “Quinta sonata”, que, como señala Martínez Miura, se lleva en algunas fuentes, aunque no en el “Urtext”, el título de “lamento”), y también honda trascendencia, una que nos acerca incluso, como también destaca Martínez Miura, al clima de la música religiosa. Es ello bien perceptible en el citado comienzo de la “Primera sonata”, pero lo es más aún en el tiempo inicial de la “Cuarta”, una “siciliana” que, en su comienzo recuerda, y de qué manera, al bellísimo solo de violín del aria “Erbarme dich” de “La Pasión según san Mateo”.
Bach, además, trata a ambos instrumentos en igualdad de condiciones. El clave es así exigido como un par del violín, incluso con algún movimiento destinado en exclusiva a él (el tercer movimiento de la “Sexta sonata” es un vivaz “allegro” para clave solo; en esta ocasión se respetó la repetición de la primera mitad, no la de la segunda, lo que recortó el tiempo durante el que Faust estuvo “tacet”) y toda la escritura acerca estas sonatas al mundo, entonces preponderante (y en el que, como en tantos otros, Bach era un absoluto maestro) de las “Sonatas en trío”.
No es fácil encontrar intérpretes más expertos y apropiados para esta colección de bellezas que la violinista germana Isabelle Faust (Esslingen am Neckar, 1972) y el teclista australiano de origen sudafricano Kristian Bezuidenhout (1979). Faust es una formidable violinista, capaz, además de una rara versatilidad, que le permite moverse con igual facilidad por Biber, Bach, Pisendel o Locatelli que por Ligeti, Messiaen o Lachenmann.
Aunque el programa no lo especificaba, cabe suponer que utilizó su instrumento habitual, un Stradivarius de 1704 en este concierto que, además, suponía su primera actuación en el ciclo. Bezuidenhout, por su parte, ha dejado muy amplia evidencia de su enorme categoría como fortepianista y clavecinista. En este último cometido, y precisamente con Faust, registró en 2016 para Harmonia Mundi las obras escuchadas hoy, una grabación que se mantiene como gran referencia moderna de estas con perspectiva históricamente informada. Estaba previsto que Bezuidenhout utilizara en esta ocasión un clave franco-flamenco construido por Keith Hill, copia del original construido en Amberes por Andreas Ruckers (1646) y modificado y ampliado por Pascal Taskin (1780), actualmente conservado en el Museo de la Música de París. Por desgracia, no fue posible emplear ese instrumento, y Bezuidenhout empleó otro, del mismo constructor, sobre un modelo de Pascal Taskin (1769).
Desde el principio se confirmaron varios aspectos que ya conocíamos: la extraordinaria clase de los dos intérpretes, su perfecta compenetración y su gran entendimiento de esta música. Bastó el delicado comienzo de Bezuidenhout en el “Adagio” de la “Primera sonata” y la magistral entrada de Faust pocos compases después, demostrando un control absoluto de ARCO, afinación y matiz, para que esa larga nota sostenida haga el efecto buscado de venir “desde la nada”. Una hermosura. No descubrimos nada nuevo diciendo que la germana es una violinista excepcional, con afinación precisa, a despecho de algunas cuerdas que “silbaron” en ocasiones y de la necesidad de retocar la afinación (las servidumbres de las cuerdas de tripa) bastantes veces a lo largo del concierto. Arco siempre con el peso adecuado, sonoridad bellísima y articulación precisa, todas herramientas al servicio de un discurso musical tan sólido en su construcción como rico en la expresión.
Bezuidenhout, por su parte, evidenció no solo una articulación primorosa y unos detalles preciosos de ornamentación y fraseo, sino una elección perfecta y oportuna de los registros en cada momento. Y, como ella, tuvo que hacer frente a desajustes de afinación del instrumento, lo que obligó a varias pausas entre movimientos durante las cuales (con mucha rapidez, por cierto) volvió a afinar determinadas notas que se desajustaban.
Ambos intérpretes desplegaron luego lo mejor de su fraseo, inflexiones, matices y capacidad de adornar con gusto y equilibrio, cuando procedía. Con alegre vivacidad, veloces, pero sin pasarse, los tiempos rápidos. Cantados con envidiable expresividad (y, por parte de Bezuidenhout, con acertada registración: estupenda la utilización del registro de laúd para el dibujo de la mano izquierda en el “Andante un poco” de la “Segunda sonata”), los lentos. Siempre elegante el canto, con los énfasis y respiraciones adecuados, con el ritmo precisamente destacado, que dotaba a la música de una energía especial. Sirvan el “Vivace” final de la “Quinta sonata” o el precioso “Allegro” con el que concluía la “Sexta”, de una vitalidad contagiosa, como ejemplo de ese impulso. Aprovecharon bien la oportunidad que Bach les da para la fantasía, y desgranaron con plausible libertad de discurso movimientos como el inicial (sin indicación de tempo) de la “Segunda sonata”.
No sorprenderá a nadie que el éxito fuera muy grande. Las dos propinas concedidas solo lo hicieron crecer. La primera, el “Adagio” de la “Sonata en sol menor BWV 1020”, atribuida a J.S. Bach, pero cuyo autor real es probablemente su hijo Carl Philipp Emanuel, la segunda, el jubiloso “Allegro” final de la “Sonata para violín y bajo continuo en re mayor HWV 37” de Handel.