A escasos pasos de la Plaza Mayor, en el número 18 de la calle Toledo, se encuentra Casa Hernanz, una alpargatería con 180 años de historia que se ha convertido en un emblema del comercio tradicional madrileño.
Fundada en 1845, esta tienda familiar sigue atrayendo cada día a cientos de clientes, muchos de ellos dispuestos a esperar durante horas bajo el sol veraniego para hacerse con uno de sus productos.
Con la llegada del buen tiempo, las colas se alargan, especialmente los sábados, cuando el flujo de visitantes aumenta considerablemente. Marta Hernanz, quinta generación de la familia al frente del negocio, explica que el éxito radica en la fidelidad al método tradicional de fabricación. “Seguimos trabajando como antes, con materiales de aquí, y procurando conservar la esencia del producto”, afirma mientras atiende sin pausa a los compradores.
Las alpargatas de Casa Hernanz se elaboran con yute, una fibra vegetal, y siguen fabricándose a mano en talleres españoles. Aunque algunos procesos se han mecanizado —como la colocación de la suela de goma—, se mantiene la autenticidad en el uso de piel, algodón y lona de origen nacional. Marta recuerda que en los inicios de la tienda, a mediados del siglo XIX, el cliente habitual era el agricultor madrileño que buscaba un calzado resistente para el trabajo diario.
Hoy, la realidad es bien distinta. Las estanterías de Casa Hernanz ofrecen una variedad casi inabarcable de modelos, desde la clásica alpargata plana hasta opciones sofisticadas para bodas, pasando por estilos pensados para ir a la playa o incluso para estar por casa. “Sirven para todo, hay una infinidad de posibilidades. Es un producto muy versátil”, comenta orgullosa Marta, aludiendo a un legado familiar que ha sabido adaptarse sin perder su identidad.
Fuera del local, el calor madrileño no frena a los clientes que, en plena temporada alta, hacen cola durante largo rato para acceder al pequeño establecimiento. Mercedes, una vecina de la capital, aguanta pacientemente como parte de una tradición personal que mantiene desde hace décadas. “Llevamos viniendo muchos años, cuando no había tanta gente. Antes no existían estas colas, pero la tienda ya era famosa por sus zapatillas de esparto”, cuenta con nostalgia.
Lo que en los años 70 era una compra habitual sin esperas, hoy se ha convertido en una experiencia singular que atrae tanto a fieles como a curiosos. Los motivos para visitar Casa Hernanz se han multiplicado con el paso del tiempo, y el boca a boca ha traspasado los límites de la Comunidad de Madrid.
Aunque el grueso de los clientes continúa siendo madrileño, no es raro encontrar visitantes llegados de lejos. Un grupo de turistas chinos reconoce haberse unido a la fila por simple curiosidad. “No sabíamos qué era, pero vimos a la gente esperando y decidimos probar”, explican tras más de una hora de espera. Algo parecido le ocurre a una pareja brasileña, que duda entre continuar en la cola o seguir explorando la ciudad. Finalmente deciden quedarse: “Si es una tradición, habrá que vivirla”.
A pesar de la internacionalización del fenómeno, Casa Hernanz sigue siendo un lugar de encuentro para los madrileños de siempre. Dos mujeres llamadas María se acercan cada verano para renovar el calzado. “Estas son del año pasado y están como nuevas”, afirma una de ellas mientras enseña orgullosa sus alpargatas. Defiende el trato cercano y la atención personalizada que se mantiene intacta a pesar del paso del tiempo: “A mí me gusta venir a comprar aquí, que te atienden y puedes probarte todo lo que quieras”.
Casa Hernanz, con casi dos siglos de historia, continúa escribiendo su relato a pie de calle, demostrando que la tradición, bien llevada, nunca pasa de moda.