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Homenaje al escritor Fernando Marías

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Homenaje al escritor Fernando Marías

Hace algo más de diez meses descubrí al escritor Fernando Marías (1958-2022) a través de su última novela “Arde este libro” (Ed. Alrevés, 2021), que hoy cumple un año desde su publicación. Inmediatamente supe que tuve que entrevistarlo.

Desde el primer momento conectamos, más que una entrevista, aquello se convirtió en una agradable charla. Su bondad me dejó impresionada. Hay personas que te hacen creer en la humanidad de nuevo y Fernando era una de ellas. Me acuerdo que le encantaron las fotos, nos reímos mucho. Mi primera entrevista ­– en este mismo medio – resultó ser su última. Uno empieza así su carrera periodística y eso le marca para siempre. “Nos educamos a través del dolor”, me dijo y así decidí titularla. Cuando me enteré de su muerte iba en bus de Syracuse a Oswego, Estados Unidos. Habíamos quedado en que le iba a mandar unas cuantas fotos de mis aventuras por el lejano continente. Nunca pude mandarle aquellas fotos. Decidí hacer este homenaje porque todavía intento aceptar que ya no está entre nosotros y espero que algún día ese dolor que nos provoca su pérdida nos eduque a todos.  Agradezco mucho a todos los que me han echado una mano para que este homenaje se haga realidad.

Aquí van unos breves párrafos dedicados a Fernando por parte de su pareja y amigos íntimos:

“Puedo hablar desde la intimidad de los años compartidos, contar quién era Fernando lejos del escritor o del amigo, pero eso era solo nuestro. A las cinco de la mañana, cuando me despierto, aún creo escuchar cómo tecleaba: me gustaba dormir con el sonido de su escritura, por encima de lo que luego contaba en las novelas. Solo me ayudó a creer en mí, lo demás sabía que podía hacerlo yo, por eso se sentía tan orgulloso de mis éxitos. Ambos pensábamos que él era inmortal, me resulta imposible creer que ya no esté con nosotros. Él mismo escribió que “los muertos no mueren cuando mueren, a algunos les salva el amor”. Si es así, mi amor hará que nuestro proyecto de vida continúe más allá del tiempo, guardado, como un tesoro, en un rincón de mi memoria.”
Rosa Huertas (escritora y pareja de Fernando Marías)

“Fernando, esto está siendo como un apagón de seis meses. Tu luz prodigiosa me iluminó durante demasiado tiempo. Desde que te fuiste, tu sombrero preferido cuelga encima de mi escritorio como si te lo hubieras dejado olvidado y en cualquier momento pudieras venir a buscarlo. “Llámame, bandida, se me ha ocurrido una idea”, era suficiente para seguirte donde fueras, pero a donde te has ido, querido, no puedo seguirte. ¿Sabes? Sospecho que todos preferíamos vivir dentro del guion que escribías a nuestras vidas, porque éramos mejores escritores, mejores personas, más inteligentes y, desde luego, más importantes. La vida también era más conmovedora y mucho más divertida. “Si se mueven… mátalos”, nos habríamos dicho antes de comenzar nuestra próxima conferencia juntos, mirando al público entre bambalinas y risas, imitando a tu querido William Holden antes de que empezara tu homenaje. Cómo nos hemos reído juntos, compinche geminiano, padre, padrino, amigo… cómo necesito volver a pedirte esos dos cafés solos, que te comas mi postre y tu voz atrapada en mi móvil: “¿Estás bien? ¿Escribes? ¿Piensas?”, tu termómetro infalible para pulsar mi salud. Hoy te respondería sin dudarlo: poco a poco estoy bien, Fernando, escribo… pero sí, todos los días pienso en ti.”
Tu bandida pelirroja
Vanessa Montfort (novelista y dramaturga)

“Coincidí con Fernando María en varias ocasiones a lo largo de los años porque él frecuentaba la Semana Negra, y yo tuve la oportunidad de ir a ese festival algunos veranos, entre 2003 y 2012, a colaborar en cosas de cómic. Pero no lo conocí de verdad hasta que empecé a salir con Manuel Vilas en el verano del 2014.  Fernando había invitado a Manuel al festival Celsius de Avilés donde coordinaba un proyecto llamado Hijos de Mary Shelley. Manuel leyó poemas en el cementerio, eran los comienzas de nuestra relación, y Fernando lo notó, y fue cálido y muy amable. Me pareció un buen amigo, de los mejores que podía tener Manuel, y el tiempo confirmó mi intuición. Fernando de joven había tenido muchos problemas con el alcohol y Manuel estaba intentando salir de su propio laberinto con la bebida. Fernando lo animó y estuvo cerca en esa época tan oscura en la que uno trata de salir del pozo.

De regreso en Iowa City, cuando Manuel me llamaba desde algún lugar de España, sabía que si estaba con Fernando todo estaría bien, que era un amigo de los que cuidaba a sus amigos, de los que apoyaban y escuchaban, por eso le tengo tantísimo aprecio. Fuimos viéndonos en otras ocasiones, Fernando organizaba proyectos y me incluía si estaba por España, así Manuel y yo podíamos pasar tiempo juntos. Hacía cosas preciosas, encuentros entre escritores y lectores cerca de un embalse. Recitales con mi amiga la poeta Raquel Lanseros, que lo adoraba. Obras de teatro preciosas y originales performances con las escritoras Vanessa Montfort o Espido Freire.  Era sumamente creativo y tenía esa increíble capacidad para mezclar diferentes voces y proyectos y generar mucho talento alrededor.

Yo paso muchas temporadas en Iowa, pero Manuel ha estado con él haciendo mil cosas un montón de veces, en muchísimas y divertidas aventuras literarias. Siempre que me decía que estaba con Fernando y que me mandaba recuerdos, yo respiraba aliviada porque sabía que con Fernando todo era luminoso y bueno, que era su amigo rockero y que pasarían las horas hablando de Lou Reed y recordando escenas de películas, que serían felices sin necesidad de beber una gota de alcohol. Fernando era un amigo de verdad, de los que sabes que anidan en el corazón y aportan serenidad y ternura. Por eso cuando Manuel me llamó roto de dolor para decirme que Fernando había muerto, y yo estaba lejos en Iowa, sentí una pena punzante y amarga, como si la tierra se desquebrajara y entrara una oscuridad ominosa, porque el mundo sin Fernando es un cataclismo. No quería creer que la muerte le hubiera llegado, sabía que peleaba con fuerza para no irse, que resistió hasta el final, que aguantó respondiendo a sus amigos desde el hospital, que agotado y sumamente enfermo siguió desprendiendo energía vitalista y esperanza. Era un luchador.

Se me hace dolorosamente extraño pensar que Fernando ya no estará con nosotros, con su sabia calidez, con su capacidad para convocarnos en su universo de ideas y proyectos. Tuve la suerte de conocerlo y verlo en acción ayudando a los demás, tuve la suerte de ver su magia y su cercanía, de leerle y admirarle, de quererle y apreciar cada uno de sus gestos genuinos y llenos de bondad. “
Ana Merino (novelista, poeta y dramaturga)

“Fernando Marías pensaba que la vida era un regalo de los dioses. Alimentó ese regalo con un amor profundo al cine, a la música y a la literatura. Fernando amaba la leyenda porque sin leyendas, sin mitos y sin ideales la vida es pobre. Y Fernando era un rey de sí mismo, un hombre enamorado del oficio de vivir. La última vez que nos vimos fue a finales de octubre del año pasado, desayunando juntos en la planta 22 de un hotel de Las Palmas de Gran Canaria, frente a la inmensidad del océano. Daba el sol sobre nuestros cafés y nuestros zumos de naranja que resplandecían y Fernando sonreía. Tenía el don de transmitir alegría, de darle a la vida ordinaria un suspense extraordinario. Era un corazón de oro. Hay seres que llevan dentro un don, por el cual la vida se eleva a regiones maravillosas. Fernando poseía ese don. Era un hombre elegante. Nos gustaba hablar de zapatos. Ese era uno de nuestros temas favoritos. Los zapatos son importantes, decía Fernando. Así es, remataba yo. Y nos mirábamos nuestros zapatos. Los zapatos, la música de Lou Reed, y la película “Grupo salvaje” de Sam Peckinpah fue nuestra santa trinidad. Cómo celebrábamos cada escena de esa vieja película del maestro Peckinpah. Desde que Fernando dejó el alcohol, y eso fue hace 30 años, echaba una mano a todo escritor que veía merodear el lado salvaje del vaso de whisky. A mí me ayudó. Sabía el día y el mes en que yo dejé de beber. Y juntos contamos los meses. El primer año me llamó para celebrarlo. “Ahora todo te irá bien”, me dijo. Y así fue. La amistad es el regalo de la literatura. Y ahora pienso, Fernando, que tendríamos que haber escrito menos y habernos visto más. Sin ti, ya no podré hablar de Lou Reed con nadie. El recuerdo de aquella mañana de finales de octubre, mirando los dos el Atlántico, en un piso 22, en las alturas celestiales, y el viento dándonos en nuestros rostros felices, me acompañará hasta el día en que yo me vaya también al sitio en donde tú estás ahora.”
Manuel Vilas (poeta y escritor)

“Me piden que escriba un párrafo sobre Fernando Marías y no sé por dónde empezar. ¿Cómo van a caber en un párrafo tantas charlas, tantas risas, tanta amistad, tantas conspiraciones, tantos planes? ¿Cómo explicar en pocas líneas lo difícil que era seguir sus malabarismos intelectuales, sus proyectos enloquecidos, sus ideas descabelladas que de pronto encajaban con una lógica bella y diferente? Y cómo recomendar un libro de Fernando en un párrafo, cuando él habría usado ese párrafo para recomendar los de cinco amigos. “Este año nos ha tocado el Nadal”, dijo cuando lo ganó él y se pasó los siguientes doce meses presentando las obras de otros para que se beneficiaran del tirón del premio. Cómo meter en un párrafo tanta generosidad, tanto humor, tanto talento. Cómo decir en un párrafo cuánto lo echamos de menos, lo inmenso que es el agujero que nos deja. (Pero voy a recomendar un libro sin decir el título. «Me suicidé hace dieciséis años...». Así empieza una de sus novelas. ¿Cuál? Es un juego, posible lector. A Fernando le habría gustado).”
Cristina Macía (traductora, escritora y coordinadora de festivales)

“Fue quien mejor supo vertebrar el más puro sentimiento de la amistad. Fernando Marías por encima de todo era mi amigo. Cruzó el río demasiado pronto…”
Ramón Pernas (escritor, premio Ateneo de Sevilla, Premio Azorín de novela)

“Fernando tenía siempre una sonrisa en los labios, una frase ingeniosa en la recámara y una mirada reluciente de ilusión en los ojos. Lo grande es que además conseguía contagiar la sonrisa, el ingenio y la ilusión a los demás. Y lo más grande, todavía, es que todo ese caudal que tan generosamente derrochaba, compartía e infundía al prójimo lo había extraído de su personal viaje por los abismos del dolor. Su persona era un regalo, su vida una lección, y ambas sobreviven en su obra. A ella volveremos sus amigos para reencontrarnos con él. A ella pueden acudir quienes no lo conocieron para descubrirlo. Estoy seguro de que después de hacerlo sentirán la misma gratitud que quienes tuvimos la oportunidad de compartir una parte de sus días.”
Lorenzo Silva (escritor)