La terna se estrella con una corrida vacía de José Escolar en Las Ventas

La terna se estrella con una corrida vacía de José Escolar en Las Ventas

Una tarde sin contenido por culpa del poco juego de los toros de José Escolar, vacíos y sin raza, truncó con las ilusiones de los tres toreros actuantes el domingo en el tercer festejo de San Isidro, además de echar por tierra también las expectativas de la sección más "torista" de la afición madrileña.

FICHA DEL FESTEJO.- Toros de José Escolar, sin exageraciones de ningún tipo, algunos escurridos y tapándose por la cara, y otros más aparentes aunque nada aparatosos, y lo que es peor, sin raza ni fondo, de muy escaso contenido. Sólo el primero tuvo algo más de brío, y únicamente por el pitón derecho.

Fernando Robleño: pinchazo "en el número", bajonazo y dos descabellos (palmas tras aviso); y tres pinchazos y el toro se echa (silencio tras aviso).

Pérez Mota: estocada baja (silencio); y tres pinchazos y descabello (silencio).

Miguel Ángel Delgado: estocada trasera y atravesada (silencio); y estocada (silencio).

En cuadrillas, dos pares extraordinarios de Ángel Otero, que saludó montera en mano en el cuarto, en el que destacó también picando Pedro Iturralde.

La plaza tuvo casi tres cuartos de entrada en tarde primaveral.

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¿CORRIDA TORISTA?

 

No fue tan temida como se esperaba la primera corrida torista de San Isidro, del hierro de José Escolar, procedencia Albaserrada. Más bien todo lo contrario: un encierro ayuno de raza, casta y transmisión, que por no tener, no tuvo ni peligro. Un petardo se mire por donde se mire dadas las expectativas que siempre genera una corrida de esta índole en Madrid.

Y ante esta ausencia de bravura, fiereza y emoción por parte de los toros, la desesperante función transcurrió entre bostezos.

Y eso que Robleño comenzó la tarde muy dispuesto con el manejable primero, el toro de mayores opciones del envío, cuya embestida fue franca a derechas, aunque no tanto por el otro pitón. Planteó faena entre las rayas, donde colaboró más el de Escolar.

Algo importante también fue que la gente estuvo muy metida en la faena, vibrando cuando el torero tiraba del astado con temple y cierto gusto, por abajo y con largura. Una pena que al final lo estropeara todo con la espada.

En su segunda faena la tarde ya estaba de capa caída. El animal tuvo los mismos defectos que sus hermanos anteriores, es decir, falta fondo y empuje. Lo mejor aquí fueron las poderosas banderillas de Ángel Otero, ya que en el último tercio el astado apenas aportó nada en la muleta de un Robleño que llevó a cabo un toma y daca sin sustancia.

Pérez Mota anduvo con intermitencias frente a su primero, toro noblote y extremadamente soso, al que diseñó una faena correcta y fría al cincuenta por ciento, sin trascender al tendido, que siguió la lidia con cierta indiferencia.

El quinto tampoco tuvo raza y Pérez Mora, que brindó al público su faena, volvió a estar más bien discreto en una labor insulsa y anodina, a pesar del empeño que puso en tratar de sacar algo en claro de un animal prácticamente desfondado.

El primero de Miguel Ángel Delgado no fue tampoco un "escolar" al uso, toro justo de fuerzas, carente de transmisión, con la cara siempre a media altura y sin terminar de pasar. El de Écija lo intentó con más voluntad que acierto, pues lo más llamativo de la faena fueron los sucesivos enganchones que tuvo.

Cerró plaza un astado sin brío, que se desplazó con el freno de mano echado y punteando los engaños hasta que se paró definitivamente. Otra vez que apenas se pudo a ver a Delgado, que quiso pero no pudo, y que a veces se vio, incluso, un tanto a la deriva.

Al final de la tarde, varias preguntas inquietaban al aficionado: ¿Fue esto una corrida torista de verdad? y más aún ¿había trapío suficiente en ella para una plaza como Madrid? La respuestas a ambas cuestiones es, indudablemente, no. Lo mejor, pasar página y olvidar cuanto antes lo visto hoy, es decir, nada de nada.