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Concierto de “Vaho” en Madrid: un reencuentro con la belleza

Concierto de “Vaho” en Madrid: un reencuentro con la belleza

No se trataba de la lluvia. Tampoco del frío que te obligaba a andar con ligereza para entrar en calor. Era, aparentemente, un viernes normal de otoño: tonos grises que se escondían tras los coches; hojarasca esparcida sobre las aceras. Lo singular, aquello que evidenciaba que estábamos ante algo distinto, se encontraba dentro de una sala a pocos metros de Callao.

Eran las 20:30 y una hilera de personas, en grupos o parejas, esperábamos nuestro turno. En nuestro caso, se trataba de la primera vez que íbamos a ver Vaho. La pandemia, digamos, lo fastidió todo. Y aunque el grupo de pop madrileño había hecho alguna que otra aparición tras el inicio del COVID, la realidad de este viernes pasado superó cualquier hecho previo. Todo, absolutamente todo, lucía de forma especial: la entrada a sala; las escaleras que conducían hasta el ropero; las personas, alrededor de 500, que acudíamos después de tanto tiempo a un concierto. Pocas veces un título de un álbum tuvo tanto que ver con el evento que lo daba a conocer: “La noche que nos cambió la vida”. Porque el concierto no fue una continuación, pese a que la banda lleva ya varios años haciendo gran música —ya cuentan con EP, numerosos sencillos y dos álbumes—. La música que sonó supuso un nuevo comienzo y trazó una frontera lo suficientemente gruesa como para acordonar acompasadamente todo lo que nos ha sucedido desde marzo de 2020. 

Quizá algunos se sorprendan si digo que recuerdo perfectamente la primera vez que escuché música en directo. Otros, tal vez, también puedan regresar a aquel primer recuerdo, escarbar en la memoria y, como si de un casete antiguo se tratase, pulsar la tecla precisa. Yo, en mi caso, consigo rememorar absolutamente todo: desde los equipamientos escuetos del escenario, hasta las voces de las niñas que protagonizaban el espectáculo. Annie, aquel musical compuesto por Charles Strouse, supuso hallar la belleza más absoluta, genuina y excelsa. 

Hace no mucho, el periodista Raúl Solís, en un artículo exquisito (“No hay vida digna sin derecho a la belleza”), hablaba del ensimismamiento que le producía contemplar su biblioteca. Decía exactamente: “la miro y en ella está todo a lo que aspiraba de pequeño”. Sus palabras me conmovieron, es cierto, pero, sobre todo, me obligaron a pensar acerca de aquello que me provocaba a mí tal abstracción y entusiasmo. Rápidamente regresé a aquellas voces infantiles que entonaban con tanta delicadeza. Recordé, también, mis canciones y libros favoritos; las veces que me emocioné al ver una obra de teatro junto a mi madre; las películas que, tras un minucioso proceso de selección con mi padre, traíamos del videoclub. 

Todo ello forma parte de un paisaje limpio y veraz, joven e imperfecto. Lo que no sabía —o lo intuía, pero no de esta manera— era que Vaho, en el concierto del viernes, iba a traspasar la línea que te lleva a la verdad más incuestionable y, por tanto, a ese paisaje construido por las cosas más bellas. Desde el comienzo, los seis miembros que dan vida a la banda entendieron la relevancia de retomar aquello que dejamos tras la pandemia. Y no hablo sólo de los saltos en grupo o los abrazos en las pausas: era algo mucho más grande. Se trataba de un camino que, canción tras canción, fue apareciendo al compás de un relato hilvanado por las voces de Vila e Irene. Ambos, mostrando una sincronía y complicidad envidiable, se emocionaron y emocionaron. Fue muy sencillo acariciar la hondura de las canciones más delicadas —pienso en “Magia”, “Superhéroes” y “Nos veremos por allí”— y, al mismo tiempo, cantar, en mi caso desafinar, con aquellas que te permiten brincar —ahora pienso en “Temporal”, “Mataré a Cupido” o “Revolución”— sobre el pequeño espacio que queda a tu alrededor. Porque en la presentación de este último disco, “La noche que nos cambió la vida”, el grupo madrileño consiguió conjugar a la perfección juventud y madurez, sensibilidad y valentía. 

Decía Lorca que todas las artes son capaces de duende, pero que, sin embargo, donde encuentra más campo, junto con la poesía hablada y la danza, es en la música, pues esta precisa de un cuerpo vivo que interprete. Y aunque no se trata de realizar ahora un análisis sobre la extensión de este concepto, sí que he de decir que, dado que las letras de Vaho son poesía cantada, la noche del viernes tuvo duende, magia y, sobre todo, una precisión milimétrica a la hora de apuntalar el presente que compartimos. 

Dudo que olvide, como ha sucedido con Annie, esta primera vez: tras año y medio, he presenciado, por fin, un concierto de pie. Llevaba mucho tiempo privado parcialmente, por razones sanitarias que todos conocemos, de ello. Pero la espera mereció la pena. Fui feliz, sigo feliz, porque Vaho me recordó aquello que Raúl Solís me invitó a pensar hace unas semanas: no hay vida digna sin derecho a la belleza. Y Juanjo, Vila, Albert, Irene, Gonzalo y Javi forman ya parte de ese paisaje limpio y veraz, joven e imperfecto que atesora la esencia de las cosas más bellas.