Tratado del autócrata

Tratado del autócrata

Las autocracias aparentan ser democracias, pero no lo son, ya que los autócratas utilizan mecanismos democráticos para consolidar su poder. Los ciudadanos creen vivir en democracia, aunque las estructuras se transforman gradualmente. Una señal de alarma es cuando los autócratas atacan a la Justicia y a la prensa, pilares fundamentales de la democracia, considerándolos enemigos. Los autócratas no suelen estar solos, encontrando apoyo en personas que no ven más allá de su ideología o prejuicios. La prensa libre es un obstáculo para ellos, por lo que intentan controlarla y silenciar las críticas, imponiendo su propia "verdad". También ven a los jueces independientes como enemigos del Estado, ya que consideran que las leyes deben servir a sus intereses. Aunque mantienen una apariencia de democracia celebrando elecciones, persiguen a los disidentes. Esta reflexión surge ante el intento del Presidente y sus seguidores de promulgar una ley para controlar a la prensa crítica y usar la Justicia a su favor, cuestionando cómo se ha llegado a esta situación.

Las autocracias tienen apariencia de democracia pero no lo son. Los gobernantes autócratas utilizan algunos de los resortes de la democracia para afianzarse en el poder. Es como un trampantojo.


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Los ciudadanos creen, creemos, que vivimos en democracia pero poco a poco se van transformando las estructuras de la misma.

Una de las primeras señales de alarma es cuando los autócratas ponen en su punto de mira a la Administración de Justicia y a la prensa. Dos de los pilares fundamentales en cualquier democracia a los que, el autócrata de turno, ve como enemigos a batir, porque son los que denuncian o intentan poner coto a ese intento de reducir los pilares sobre los que se cimienta la democracia.

Y si, claro, el autócrata no suele estar solo, siempre encuentra una compañía entusiasta e incluso puede que hasta bien intencionada, porque hay quienes se muestran incapaces de ver la realidad con otras gafas que no sean las de su ideología en unos casos y los prejuicios en otro.

La prensa libre siempre es un escollo para los autócratas de ahí su empeño en colocar cortapisas, en intentar erigirse en el Gran Hermano de la verdad.

Los autócratas no soportan que les contradigan, que se ponga en cuestión lo que dicen y hacen, que se publiquen los desmanes propios o de sus allegados. Intentan imponer un manto de silencio a quienes tienen la osadía de cuestionarles. Así, terminan cercenando la libertad de expresión y poniendo en marcha un Ministerio de la Verdad, de su verdad.

Lo mismo les sucede con la judicatura. Todo aquel juez que, con la ley en la mano, no se pliegue a sus intereses, es un enemigo del Estado. Las leyes, piensan los autócratas, deben estar al servicio de sus intereses, y a todo aquel que cuestionan sus intereses se convierten en un "enemigo del pueblo", porque el autócrata confunde el pueblo con su persona.

Pero ya digo que el autócrata no suele estar solo, porque el régimen conserva alguna apariencia de democracia, e incluso como se celebran elecciones, muchos se llegan a creer que La Razón les asiste, a ellos y al autócrata, para abatir a quienes cuestionan el nuevo régimen, es decir la autocracia.

Autocracias hay en todos los continentes, regímenes en que se celebran elecciones sí, pero en el que poco a poco se empieza a perseguir a cualquiera que disienta.

Pensaba en esto ante el empeño del Presidente y de sus acólitos, de poner en marcha una ley para cortar las alas a la prensa que no les hace la ola, amén de utilizar la Justicia a su propia conveniencia. Y me pregunto cómo es posible que hayamos llegado a esta situación.

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