Se rescata la primera novela de Ana María Moix: una reflexión sobre la madurez o cuando “Julia” fue Julita

Se rescata la primera novela de Ana María Moix: una reflexión sobre la madurez o cuando “Julia” fue Julita

Todos tenemos un ancla dibujada en el pecho, tal como la que se intuye en el jersey de la joven que protagoniza la portada de “Julia” (2024, Bamba Editorial).

No es fácil verla, pero aquellos que leen su historia son capaces de distinguir, ya sin dudas, ese artefacto que la mantiene arraigada a un lugar, sujeta sin moverse un centímetro. Para muchos, esa será la misma sensación que les despierte la primera novela de Ana María Moix (Barcelona, 1947): la inmovilidad hacia lo nuevo y la presencia estática de lo ausente. 


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Ana María Moix falleció hace exactamente una década y quizá por eso o quizá porque su obra merece resucitar, Bamba Editorial ha reeditado este año el libro primogénito de la autora, publicado originariamente en 1970 y del que hoy habla este artículo. La novelista, traductora, poeta, periodista y editora catalana supo transmitir a través de sus letras el sentir de una era. Enmarcada dentro de la generación del 68, fue pionera, no solo en su temática transgresora y crítica, sino también en el reconocimiento femenino dentro de la antología “Nueve Novísimos”, del que es la única mujer. En este volumen también podemos encontrar a Leopoldo María Panero o Manuel Vázquez Montalbán, seguidores, como ella misma, de una poética que trataba de huir de los moldes y los convencionalismos, dando paso en su lugar a métricas y temas que atendían a un ansia de ruptura y libertad.

Así lo reflejaría Moix también en su narrativa. En esta primera toma de contacto con las letras, la editora evoca lo que acabaría siendo un estilo propio y convencido, tanto en el plano formal como en el argumento. Tras ella, dejó una estela de historias donde la denuncia de las injusticias sociales y, en concreto, del género y orientación sexual, quedaron presentes, a pesar de camuflarse en la cotidianeidad y rutina de quien se acostumbra al maltrato y/o a la desigualdad de condiciones. La voz prematura de la escritora nos habla a través de la novela y le pone nombre: Julia. Aunque los lectores de las casi 200 páginas que conforman este libro podrían optar por otra denominación, Julita.  

La historia comienza en una noche de insomnio y acaba en esa misma noche y con ese mismo insomnio, que obliga a la Julia de 20 años (aún no se ha presentado Julita) a permanecer en vilo. En el limitado tiempo que la protagonista permanece despierta −las reglamentarias ocho horas de sueño− cuenta con el tiempo suficiente como para repasar los capítulos que configuran su corta, pero intensa biografía. ¿Cuántas vidas podemos evocar, sentir y recrear en una sola noche? El tiempo es infinito cuando nadie mira. 

“Resultaba imposible habituarse a dormir sin pensar en nadie, habituarse a vivir sin pensar en nadie, sin esperar a nadie, sin necesitar a nadie. Era incapaz”. Aquí comienzan los desvelos de Julia: cuando piensa en sus padres, en sus abuelos, en sus hermanos, en los amigos que no tuvo, en las atracciones equivocadas, en los silencios y en ella misma. El pasado es una sombra que siempre acompaña, se camufla y, a veces, en la quietud de la noche, se alza como un espectro, tanto si es bueno como si no. En este caso, el espectro es ella misma.

Julia no logra conciliar el sueño porque Julita la mira; esos ojos la recorren juzgando su entereza, retando su estabilidad. Julita la observa y la amenaza con su presencia hasta que no la escuche, pues en su pecho tiene un ancla que la mantiene en la misma habitación que su yo adulta. Y esta sabe que lo que más la aterra es reconocerse en ella y, al mismo tiempo, saberse tan distinta.

La protagonista recorre pasajes de su vida y el lector descubre las razones de su insomnio, tanto las verbalizadas como las que se encuentran ocultas bajo las palabras de la autora. En ellas, pueden reconocerse eventos políticos, opiniones contrarias entre familiares y opresión hacia minorías sociales. No obstante, Ana María Moix decide no señalar estas cuestiones, sino solo nombrarlas y dejarlas ahí para que quede a gusto del lector identificarlas o no. 

Lo que sí materializan los pensamientos de Julia es una relación maternofilial complicada. Su madre pasa de ser la persona más querida a la más odiada; sin embargo, no es difícil encajarlo. Crecer implica que todos los vínculos evolucionan y los hechos y el tiempo nunca pasan en vano: se quedan anclados. 

El paso de la infancia a la edad adulta es un remolino de sensaciones únicas, individuales y conflictivas que, no obstante, todos, sin excepción, experimentamos. Guardamos en el pecho una pequeña versión de nosotros mismos que, de vez en cuando, nos mira. Aparece cuando logramos un objetivo (“¿qué pensaría mi yo de hace cinco años?”) y vuelve cuando sentimos las heridas arder de nuevo (“¿qué es lo que hizo tanto daño que hoy escuece al recordarse?”). Cada uno cuenta con su propia respuesta. Ana María Moix pudo literaturizar con la suya y le puso un nombre distinto, pero muy específico. Julia. En ella se esconde ella. En ella se reconoce a ella. En ella ya nunca será ella. Porque los años se cumplen y los años pasan; con los años pierdes, pero, ojalá alguien le cuente a Julita, que con los años también ganas.

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