“La educación física”, de Rosario Villajos: una historia incómoda y necesaria

“La educación física”, de Rosario Villajos: una historia incómoda y necesaria

@estaciondecult

Con dieciséis años recién cumplidos, Cata espera a que un coche la lleve de vuelta a su hogar a tiempo para la cena. Son las seis, no parece que su tarde vaya a demorarse tanto como para no estar a las diez. Sabe que no debería hacer autostop y lo que sufrieron hace poco aquellas niñas es prueba de ello. Pero no ha tenido otra opción. Conforme avanzan los capítulos, lo hace el reloj, que va marcando los minutos pasados y los que le quedan para estar, si no a salvo, sí en casa. En cada uno de ellos, va desgranando los pensamientos y experiencias que la han llevado hasta ese punto, y no hablamos únicamente de una cuestión espaciotemporal. 


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Rosario Villajos (Córdoba, 1978) publicó “La educación física” (Seix Barral, 2023) el pasado 8 de marzo, fecha muy significativa y, cabe decir, acertada. Esta última novela se suma a un repertorio literario, que alberga ya títulos como “Face” (2017), “Ramona” (2019) y “La muela” (2021). Además, en su trayectoria laboral ha tocado desde la industria cinematográfica, musical o artística hasta la cultural y, actualmente, combina la escritura con un puesto en IT. Cuenta con el Premio Biblioteca Breve 2023, precisamente, por este libro. ¿El motivo? Recoger “el sentir de una generación”. Y, tras leerlo, se puede afirmar que así es. 

Valiéndose de la tensión e intriga propias del thriller, consigue materializar la intranquilidad de un cuerpo o, en su lugar, la excesiva atención de una sociedad. Poco a poco nos irá revelando las claves para entender la psicología mental y, asimismo, corporal de la chica en una narración que mantiene (y así debe ser) incómodo a quien lo lee. Y es que la realidad a la que se enfrenta Catalina, enunciada en cada uno de los capítulos, dibuja un ecosistema social que, pese a estar contextualizado a principios de los noventa, concierne a cada una de las lectoras que se atreven a entrar en “La educación física”. Lejos de ser un relato agradable o ilusionista, una termina reconociéndose en las vivencias de la protagonista.

En una cuenta atrás, los minutos pasan y las escenas también. La joven recuerda cada una de ellas de manera parcial e intermitente, jugando con la incomprensión del receptor, al tiempo que sostiene una pregunta: ¿en qué parte erró? Conforme describe los episodios, entramos a su vida y vamos hilando los puntos que constituyen su argumento. Esta técnica narrativa conduce a la contemplación total y a la justificación de su actual estado. 

Sin embargo, al acceder a su mundo, es fácil darse cuenta de que, en el fondo, ya es conocido. No es ajeno. No pertenece únicamente a una adolescente perdida; es común, en mayor o menor medida, a todas las mujeres. Es la historia de un cuerpo, culpado por el simple hecho de existir y condenado a sufrir mientras así se dicte. “Habría sido mejor aprender que el cuerpo, uno cualquiera de carne y hueso y vísceras y sangre y bacterias y mierda, era su encarnación más absoluta y asumir que cada uno era perfecto en su categoría, en la de no competir con nadie, ni siquiera consigo mismo”.

Catalina se enfrenta en cuatro horas a los valores que le han impuesto desde que nació y siembra en nosotras la misma idea. O, por lo menos, sí la reflexión consciente porque no podemos leerlo y huir. Despierta una sensación aprensiva porque lo descrito molesta. En un acto de absoluta valentía y necesidad, ella decide abandonar la casa de su amiga y regresar a la suya, sin saber que en el trayecto invocaría a sus fantasmas para así invocar también a los nuestros. Con un estilo claro, punzante e incluso desagradable, Villajos traslada los temores que sacuden a la joven; todo aquello que puede pasarle antes de llegar a casa, pero también cuando llegue. 

La chica se ve inmersa en un mundo viciado que restringe y culpa su libertad, retroalimentando una educación que oprime, pero no enseña. Se confunde al destinatario y se perpetúa un sistema que la autora, a través de la voz de la protagonista, denuncia. Catalina desgrana los conflictos de su existencia y todos responden a un mismo origen: su cuerpo. Los personajes que evoca y los acontecimientos que los envuelven regresan a ese punto una y otra vez hasta confluir en ese instante: ella haciendo autostop. “Sí, a mí se me ocurre subirme al coche de un desconocido porque de todos modos tampoco conozco bien a la gente que tengo a mi alrededor”.  

“La educación física” es un grito de socorro. A lo largo de la novela, la adolescente va comprendiendo que la culpa que siente viene de dos direcciones: fallar y fallarse. La rabia resultante no es más que la constatación de que “algo” está mal. Que la faja que su madre la hacía llevar (y que ilustra la portada) está mal, que lo que asumen de ella y sus intenciones está mal, que ser continuamente vista como un objeto de deseo está mal y que castigarla por todo ello está igualmente mal. Y, claro, asumirlo todo es incómodo. Leerlo es incómodo. Quien se acerque a estas páginas no saldrá de la historia con una sensación agradable porque la realidad no lo es. La sociedad ha progresado, pero queda camino para que, una vez cerremos el libro, podamos respirar y decir “por suerte ya no estamos ahí”. De momento, todavía hace falta trabajo y más argumentos que impacten de esta manera. Directa y profundamente. “Si hubiera sido por Catalina, se habría amputado todo el cuerpo, pues no le traía más que problemas. ¿Es esto lo que merece nuestro cuerpo? ¿Acaso no tenemos derecho a tenerlo?”. 

“Ojalá fuera un ente intangible, se dice, sin darse cuenta del oxímoron, de que extirparse la carne es renunciar a la existencia, de que si no hay cuerpo no hay nada, de que todo lo que no se pare a sentir, a aceptar y a recordar en su cabeza, saldrá de alguna manera somatizado a través de los poros de su piel”. 

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