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Es una crisis moral, además

Es una crisis moral, además

Es evidente que vivimos una crisis política e institucional de dimensiones importantes. En el Ejecutivo, donde se aprecian graves fallos y una descoordinación cercana al caos que hace preciso un urgente golpe de timón.

En el Legislativo, sede de una grosera contienda dialéctica que va en contra del mismo significado del término 'Parlamento'. Y de lo del judicial ya ni hablemos, claro.

Diciembre se estrena en medio de un tumulto político poco conveniente a la inminente celebración del 44 aniversario de la Constitución. Sí: estamos inmersos en una crisis de calado, donde la verdad, la transparencia, el sentido común, el amor a la patria, el espíritu de concordia, no están precisamente de moda. Y, además de todo, nos hallamos ante una enorme crisis moral, en la que la lucha por el poder, la apropiación del Estado, la degradación de elementales valores, es lo que prima.

Se dicen cosas en sede parlamentaria que, además de mal gusto y baja calidad oratoria, son falsas: ni el PP o Vox instan a la violación ni lo hace tampoco, en el otro lado, la ministra Irene Montero, por otra parte la gran pirómana del bosque de cualquier espíritu de transacción o de calma. Ni, claro, el Gobierno es 'filoetarra' -¿a qué viene esgrimir en esta burda dialéctica anti-castelarina a la hace años desaparecida ETA o al hace más años aún muerto Franco?- ni Pedro Sánchez es Nerón o Calígula, personajes aberrantes con las que ha sido comparado estos días. Por supuesto, tampoco es la figura de excelencia histórica que él mismo se atribuye.

Todo es falso: ni el PP atenta contra la Constitución por retrasar la renovación del gobierno de los jueces, en lo que también creo que yerra, ni, en el otro extremo, el presidente del Gobierno pretende dar golpe de Estado alguno para derrocar a la Monarquía, acusación absurda que parte de la Puerta del Sol ocupada por Isabel Díaz Ayuso.

Son demasías que tienen despistada, crispada, harta, a la opinión pública y a la publicada. Y ojo con cómo explica usted todo este lío. Cuidado con lo que usted escribe o dice en las tertulias por ahí, no vaya a caer en lo políticamente incorrecto. Como, un ejemplo más, subrayar la proximidad, políticamente relevante, entre un ex ministro, recientemente designado 'a dedo' magistrado del Constitucional, y la presidenta del Congreso cuyas actuaciones en la Mesa tendrá que calificar el alto Tribunal. Modérese con el lenguaje que no agrade al Ministerio de Igualdad o a la furia de las redes sociales teledirigidas. Evita el no refugiarse en las zanjas sectarias, porque, si andas fuera de ellas, de ambas partes, las dos Españas te tirotearán.

Y así llegamos, como otro ejemplo, a la fogosidad de una diputada 'popular' llamando "indecente" e "indigno" a un ministro del Interior acorralado no por indignidad, sino por los enormes errores cometidos en momentos especialmente delicados de su misión. Ese error ha de pagarse, pienso, con la dimisión o con el cese, no con la pena de Telediario ni con el insulto. Y eso vale para tantos pasajes lamentables como los que estamos viviendo en nuestra vida pública.

Descubro más que nunca, en mis giras profesionales por el país, una España atónita, que ha dejado de entender lo que le ocurre, que piensa que sus representantes se aferran demasiado a sus privilegios y a sus tópicos. El espíritu navideño se ha quedado reducido a las explosiones de luz y sonido puestas en marcha por algunos ayuntamientos, el entusiasmo se limita a seguir los pasos de 'la roja' en las televisiones, la alegría consiste en salir como sea de casa para ocupar las terrazas de bares y restaurantes. Nada de eso es malo, por supuesto. Lo malo es que todo eso, tan necesario, se ha convertido en un escape para huir de esa pesadilla moral, ya digo que mucho más que política, económica o institucional, en la que nos van sepultando.