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“L’Orfeo” de Monteverdi: del barroco a la vanguardia con Sasha Waltz

“L’Orfeo” de Monteverdi: del barroco a la vanguardia con Sasha Waltz

Mientras los gritos entusiasmados –“¡Bravo!”– y los aplausos retumbaban en las paredes del Teatro Real, podrían recordarse los últimos versos del poema “Nuestro tiempo” de Joan Margarit: “Pero una herida es también un lugar donde vivir”. Porque, sin duda, las representaciones de “El Orfeo” de Sasha Waltz ya han producido entre el público madrileño esas heridas que valen la pena y aparecen para recordar que la vida es la receptividad de la finura.





“L’Orfeo” no es la primera ópera en la historia (muchos consideran que lo fue “Dafne” de Jacopo Peri), pero sí aquella que más se aproxima a nuestro concepto actual del género y, desde luego, la más célebre de aquellas iniciales. “Eurídice” fue una ópera pastoral, encargada al compositor Jacobo Peri y al poeta Ottavio Rinuccini con ocasión del enlace matrimonial entre Enrique IV de Francia y María de Médici, que tuvo lugar en Florencia en el año 1600. Entre los presentes en esa representación estaba un joven abogado y diplomático de carrera de la corte de los Gonzaga, Alessandro Striggio quien sería, un tiempo después, el creador del libreto de “L’Orfeo” de Monteverdi. “L’Orfeo” fue estrenada en el Palacio Ducal de Mantua en el año 1607, en el cumpleaños del duque Francesco IV Gonzaga. Ahora llega a Madrid de la mano de la directora de escena y coreógrafa Sasha Waltz, tras pasar por la Dutch National Opera Amsterdam, el Grand Théatre du Luxembourg, el Bergen International Festival, la Opéra de Lille y la Staatsoper berlinesa.

Es difícil que el espectador esté atento a cada detalle en una ópera, por la duración y por la multiplicidad de elementos, pero Sasha Waltz consigue que nuestra atención esté siempre en el escenario, moviéndose al ritmo de sus bailarines. Waltz arriesga y acierta en su propuesta de una aventura multidisciplinar. La orquesta está presente en el escenario, dividida entre ambos lados y, en algunos momentos, cantantes e instrumentistas se sitúan en el pasillo del patio de butacas. No es frecuente que en una ópera el ballet aparezca en pie de igualdad con la trama y la música. Lo de Waltz es una unión absoluta de canto, escenario y danza. Los bailarines son cantantes y los solistas son bailarines. Todos crean un espacio que se convierte en una belleza que hiere la sensibilidad, eso de lo que habla Margarit, esa herida prolongada en el vivir y en el tiempo.

La orquesta barroca –Freiburger Barockorchester– descalza, situada en el mismo escenario que los bailarines, hacía del sonido un magnífico hilo que seguir durante toda la función, casi sin parpadear. La flauta de pico, las cornetas, trompetas y trombones, las violas de gamba y el arpa, junto con las violas, entre otros, convertían el tiempo en un sinsentido. La existencia dura lo que la partitura dice que tiene que tocar el arpa. El suspiro dura lo que las notas dictan que tiene que tocar la viola de gamba. Bailarines, solistas y orquesta en un mismo nivel creando una de las reinterpretaciones más ajustadas de esa leyenda de Orfeo y Eurídice que tantas versiones ha inspirado tanto en la música como en la literatura a lo largo de los siglos. Se entrelazan los brazos, las manos acarician, se doblan las extremidades, brotan sombras y siluetas y se une el mito antiguo a los más modernos conceptos de la danza, creándose figuras muy bellas. Serían muchas las escenas destacables, pero baste citar la de Creonte, con las proyecciones en el fondo e incluso el sugerente ruido del agua o los silencios creados en demostración del dolor de Orfeo (el fantástico barítono austriaco, Georg Nigl) al perder a su amada. Eurídice, representada por la soprano francesa Julie Roset, obraba un dúo magnifico con su amado. A los hallazgos escénicos se une la impecable labor, matizada, de diáfana claridad, llena de vida y sensibilidad del Vocal Consort de Berlín.

No se puede hablar de Waltz sin destacar su pasión por la vestimenta y los colores. La elección de combinar el blanco y negro –el paraíso y el infierno– junto con la luz que cambia de cálida a fría, es un extra para que el conjunto sensorial sea completo. Tampoco se puede olvidar uno del espacio que para ella es algo fundamental y se ha notado claramente en esa simpleza minimalista de su “L’Orfeo”. Ese “minimalismo” debe entenderse como totalmente positivo: no ha necesitado trabajar con puestas de escena rimbombantes, sino que es en la sencillez donde se esconde su gran talento. De hecho, en una entrevista dijo que para ella “no son solo los cantantes o los actores, los bailarines o la psicología los que llevan la historia: el propio espacio nos habla de los movimientos que allí tienen lugar. Distancia, cercanía, espacios que se crean entre las personas. Es algo que me fascina”.

La orquesta barroca vuelve en junio para representar “Orfeo ed Euridice” de Gluck, de la mano de René Jacobs (no se sabe si descalza de nuevo) pero, sin duda, merecerá la pena escuchar de nuevo ese sonido cuya virtud abre la herida de nuestra sensibilidad.