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El hombre que creía en algo

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El hombre que creía en algo

A Mijail Gorbachov le costaba, según confesó a su biógrafo, entenderse a sí mismo, pero, al contrario que tantos mortales, que ni se entienden ni quieren entenderse, no dejó nunca de intentarlo, y, merced a ese esfuerzo intelectual constante, pudo entender a los demás y, en consecuencia, la necesidad imperiosa de aspirar a una mejor vida para todos.

Claro que el recién fallecido político ruso, cuya madre y suegros eran, por cierto, ucranianos, pudo aspirar a semejante cosa porque creía en algo.

En la Unión Soviética, y no digamos en su clase dirigente, nadie creía en nada, y los que habían creído alguna vez en algo estaban muertos, o huidos, o postrados, o en presidio. Stalin no había dejado un idealista vivo, y sus sucesores, sin llegar al insuperable grado de criminalidad genocida del georgiano, habían seguido transitando por su estela emasculadora mientras el mundo giraba y giraba. El discurso de la URSS, la idea fuerza de su agit-prop planetario más bien, defendía para ese mundo los derechos humanos, la libertad, la paz, la concordia y todas esas cosas, pero sólo para el mundo exterior, no para el de intramuros en el que todos esos elevados conceptos estaban ausentes, si es que no perseguidos. De pronto, o, bueno, no tan de pronto, pero sí sorprendentemente, de las sentinas de la Nomenklatura emergió un tipo que creía en algo.

Mijail Gorbachov confesó a su biógrafo que le costaba entenderse, pero lo más difícil de entender del personaje es cómo pudo arreglárselas para creer en algo, en algo revolucionario y benéfico se entiende, perteneciendo a una sociedad tan minuciosa y brutalmente machacada durante décadas. El caso es que llegó al poder creyendo en algo, y eso le otorgó tal superioridad sobre la gerontocracia reinante, que pudo trasladar su proyecto transformador y liberador a la realidad durante unos pocos años, pero suficientes para tornar en irreversible la disolución de la dictadura, o, cuando menos, hasta que llegó Putin.

Impulsó la reconstrucción económica ("perestroika") y la transparencia ("glasnost"), sacó al ejército del matadero de Afganistán, combatió el alcoholismo y la corrupción sistémica, liberó a las naciones aherrojadas y, sobre todo, trabajó cuanto pudo para la eliminación de las armas nucleares que tanto habían proliferado durante la Guerra Fría. Eso sí, duró poco, le dieron matarile político enseguida, y en las elecciones presidenciales de 1996 apenas obtuvo el 5% de los votos. Creía en algo, pero casi él solo al parecer.