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14 años: esposada

14 años: esposada

La larga y sinuosa historia de los presuntos abusos sexuales de un monitor a una niña de catorce años, ocurridos en un centro de acogida de menores, en Valencia, presenta detalles a cual más sorprendente.

El primero de ellos es que el presunto abusador fuera o hubiese sido marido de la vicepresidenta de la Generalidad Valenciana, Mónica Oltra. El segundo es que doña Mónica es Consejera de Igualdad y Políticas Inclusivas, es decir, que el incidente se produjo en su departamento. El tercero es que doña Mónica Oltra, según la fiscal del Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad Valenciana, es acusada de dar una orden verbal para ocultar el presunto abuso de su marido o ex-marido.

El cuarto detalle es que la Policía descubrió que se habían producido presuntos abusos sexuales sobre esa niña, no por una denuncia del centro, sino a través de una visita motivadas por otras causas, y allí fue cuando recibieron las confesiones de la presunta víctima.

Administro con asuididad el adjetivo "presunto", porque soy un convencido de la presunción de inocencia, tanto del marido o ex-marido, como de vicepresidenta Mónica Oltra. Pero hay un quinto detalle que me llena de indignación y me produce una especial repugnancia, y es que, cuando a la niña de 14 años la presentaron ante la juez para que hiciera su declaración, lo hicieron con las manos esposadas, o sea, la presunta víctima fue puesta ante el juez, esposada, como si quienes la habían trasladado temieran que la presunta víctima les desarmara y los asesinara.

El despropósito era tan evidente que la juez estalló en la indignación que yo sigo sintiendo, y ordenó que le quitaran inmediatamente las esposas.

Esta niña, que parece que ha luchado contra el abuso de su cuidador, contra la Generalitat Valenciana, y contra la sociedad que le rodea, no ha recibido un "yo te creo, hermana" de nadie. Ni de las del "me too", ni del ministerio de Igualdad, que allí deben creer que es algo que no les incumbe o que la niña esposada es una mentirosa. Ese deslumbrante silencio no indica presunción de inocencia de las feministas, sino la prueba constatada de su miserable indecencia.