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Todas las caras de Maruja Mallo, la gran olvidada del surrealismo

Todas las caras de Maruja Mallo, la gran olvidada del surrealismo

Todo el mundo conoce a Salvador Dalí o a Luis Buñuel, pero no todos reconocen a Maruja Mallo, artista surrealista, mujer transgresora de la Generación del 27, que la historia ha relegado a un silencioso segundo plano, pero cuyo legado, lleno de matices, es fundamental para entender las vanguardias.

La reivindicación del legado de Maruja Mallo ha dado hoy un paso en firme con la presentación de su catálogo razonado -un libro que define el corpus de su obra pictórica- en el Museo Reina Sofía, integrado por 147 cuadros y 40 bocetos, algunos de ellos nuevas incorporaciones.

El proyecto, impulsado por el galerista Guillermo de Osma, especialista en la obra de la artista, ha contado con la colaboración del Museo Reina Sofía -que atesora varias de sus obras-, la familia de la artista y otros muchos expertos como el historiador Juan Pérez de Ayala o Estrella de Diego.

Dalí llamaba a Mallo -con quien coincidió en la Residencia de Estudiantes- “mitad ángel, mitad marisco”, ejemplo de su excéntrica y arrolladora personalidad.

Cuando volvió a España en los sesenta tras dos décadas en el exilio, su carácter transgresor la convirtió en un personaje popular, al estilo del propio Dalí. El personaje ensombreció su propia obra.

“La obra de Maruja Mallo no tiene nada que envidiar a Frida Khalo o a Georgia O´Keeffe”, ha defendido el galerista Guillermo de Osma, promotor del catálogo y experto en la obra de la artista.

Mallo llegó a una España todavía entre tinieblas, convertida en lo que siempre fue, una mujer independiente, de sexualidad libre y ajena a los convencionalismos que acumulaba anécdotas y hacía alarde de una personalidad arrolladora.

“Fuimos juntas a una de las primeras ediciones de ARCO -ha recordado Estrella de Diego- y cuando llegamos había una larga cola, y me dijo: ‘¿Querida, esto es afición o ganado?”.

El personaje que se forjó -sumado a sus amoríos con Miguel Hernández o Rafael Alberti- casi fue más conocido que su propia obra.

"Es una figura trascendental”, según ha explicado hoy el director del Museo Reina Sofía, Manolo Borja-Villel, un centro que atesora alguna de las grandes obras de la artista.

“Había dos ‘marujas’, una más expansiva, trasgresora, excéntrica, que hablaba muchísimo y que tapaba a la ‘maruja’ pintora, que era como una franciscana, que trabajaba muy meticulosamente”, ha resumido De Osma, que también conoció a la artista en vida.

Mallo trabajaba en series y meditaba mucho cada una de sus piezas. Hacía estudios y dibujos de cada proyecto “de manera obsesiva”. Por ejemplo, una de sus últimas series, “Los moradores del vacío”, que pintó en sus últimos años de vida en Madrid, comenzó a trabajarla veinte años antes en Argentina, el país que la acogió en su exilio tras la Guerra Civil.

Mallo combina en sus inicios el colorido de obras como “La Verbena” junto a una práctica más oscura y próxima a la Escuela de Vallecas, para luego entrar en contacto con los círculos surrealistas en París. En su exilio empezó a pintar retratos de mujer y otras series con motivos naturales y marinos, para pasar a una fase más ecléctica en sus últimas décadas.

Una de sus fotos más conocidas es en una playa de Chile, donde aparece vestida con un traje hecho con algas.

La artista era muy consciente de la imagen que proyectaba: “Maruja escribió sobre sí misma la autobiografía que siempre quiso, conformó un mito, en ese sentido es absolutamente contemporánea”, ha dicho Estrella de Diego, que pasó innumerables tardes con ella acompañándola en sus recados y charlando.

“Todos nos preguntábamos si algunas de las cosas eran verdad o mentira -ha contado-, (...) pero como hubiera dicho Maruja, qué es la verdad, qué es lo auténtico, sino una convención cultural como el resto, y a ella no le gustaron nunca las convenciones”.