¿Pero hay nuevo proyecto?

¿Pero hay nuevo proyecto?

"La política, decía John Kenneth Galbraith, es el arte de elegir entre lo desastroso y lo insípido". Pedro Sánchez, que es un artista de la política, ha hecho el cambio de uno de los dos Gobiernos que preside.

Del de Podemos ni se ha atrevido, a pesar de la ineptitud, el sectarismo y la impericia demostrados reiteradamente por casi todos sus componentes. Tocarlo, tal vez hubiera sido romper la coalición y poner en riesgo inminente el Gobierno. No está Sánchez por esa labor. Ha eliminado de un plumazo a los más cercanos, a los de mayor peso político y a los que le sostenían disciplinadamente y ha elegido ministros y ministras, no tanto para poner en marcha un nuevo proyecto como para prepararlos para las siguientes elecciones autonómicas, como hizo sacrificando a Illa para tratar de gobernar en Cataluña. Ha dejado en "su" Gobierno a ministros quemados y denostados como Grande Marlaska, muy discutidos como Escrivá, necesariamente prescindibles como Castells o inexistentes como Darias y ha mandado a cultura y Deportes a Miquel Iceta, un valor "probado" para todo... o para nada. Tampoco ha reducido el número de Ministerios ni de asesores, para reducir el gasto y el despilfarro. Cada cambio de Gobierno tiene un coste muy elevado y enlentece la solución de los problemas pendientes. Pero, sobre todo, este cambio de Gobierno revela la severidad de la erosión de su proyecto como han reconocido hasta quienes le defienden.

¿Servirá el nuevo Gobierno para algo? Hay que darle un pequeño margen de confianza, aunque el proyecto es el mismo, el de Sánchez. Los socios no cambian y los nuevos ministros, salvo alguna excepción, no tienen preparación técnica ni experiencia suficiente para afrontar las responsabilidades que les han sido encomendadas. Desde dentro se sostiene que el PSOE recupera peso, pero lo que hay es puro "sanchismo" que ha devorado la esencia del PSOE. Mientras Sánchez siga y mientras siga apoyado en ERC, el PNV y Bildu, el PSOE seguirá durmiente. Las únicas buenas noticias, aunque habrá que estar a la espera de las acciones, son el mantenimiento de Nadia Calviño al frente del equipo económico -nos lo jugamos todo con los fondos europeos- y la marcha de Iván Redondo, el "Rasputín" de Sánchez, su alter ego, encargado por éste de una enorme operación de marketing sin contenido real. Decía Jonathan Swift que "ningún hombre propaga una mentira con tanta gracia como el que se la cree" y advertía a los líderes de los partidos de que no se creyeran "sus propias mentiras, porque produce fatales consecuencias". Pero Oscar López no es mejor que Redondo salvo en una cosa: tiene carné del PSOE.

Las preguntas siguen siendo las mismas: ¿Qué se va a negociar con el Govern de la Generalitat y quiénes van a estar presentes en esa mesa: representantes de todos los catalanes o solo de los que insisten en que proclamarán la independencia? ¿Por qué no se hace primero una mesa entre catalanes a favor y catalanes en contra y luego se llevan los acuerdos a una mesa con el Gobierno y el principal partido de la oposición, dejando claro que no puede haber un diálogo "entre iguales", porque no lo es? ¿Se dejará de gobernar por decreto ley y se devolverá al Parlamento el papel central que le corresponde? ¿Para cuándo el debate sobre el estado de la nación? ¿Cómo se van a negociar, gestionar y controlar los Fondos Europeos? ¿Vamos a seguir teniendo una Justicia de tercera y unos órganos constitucionales en precario y controlados por el poder político? ¿Se va a hacer una contrarreforma laboral, contra Bruselas, para mantener el apoyo de Podemos a Sánchez? A eso es a lo que tienen que responder Pedro Sánchez y sus nuevos ministros. Algunos se empeñan en que la mejor forma de desmentir una equivocación es con otra equivocación, pero no siempre funciona.