Las reconversiones estúpidas

Las reconversiones estúpidas

Con el razonado fundamento de la crisis de la pandemia, o con el aprovechamiento de su excusa, muchas grandes empresas han iniciado lo que denominan, de manera pomposa y artificial, su "reconversión".

Pero, en la mayor parte de los casos, eso que se denomina "reconversión" no pasa de ser un achicamiento de la plantilla, seguida de un rejuvenecimiento. O sea, para que nos entendamos: cambiar a un empleado/a con experiencia, de más de cincuenta años, por un empleado/a de menos de treinta, que se supone que hará la misma labor por una nómina más barata para la empresa.

La experiencia -que es una virtud que se valora tanto para conducir un camión de gran tonelaje como para hacerse cargo de un departamento de ventas, o mandar un regimiento- parece que es un vicio antiguo, porque las empresas, ahora, deben regirse por los principios que condicionan a un equipo de fútbol, basados en el rejuvenecimiento continuo de la plantilla.

Si usted tiene más de cincuenta años, notará enseguida que los componentes del departamento de Personal, hoy reciclados como Recursos Humanos, le comienzan a mirar como el ganadero proveedor de corderos lechales mira a los corderos recién paridos para ver si ya están listos y poder enviarlos al matadero.

Denominar a esto "reconversión" es una tontería contemporánea empresarial, tan gruesa y estúpida como sería reformar la plantilla en razón de la altura de los empleados, del color de sus ojos, o de su tendencia sexual. Y tan arbitrarios son esos motivos como los de la edad, a no ser que la empresa esté dedicada a preparar equipos olímpicos.

Los daños colaterales, además, se vuelcan sobre los contribuyentes en general y los pensionistas en particular, porque para animar a que los veteranos se marchen contentos les arreglan un adelanto de la jubilación que le pega un batacazo a nuestro frágil fondo de pensiones.

¿Y para eso sirve licenciarse en Económicas? ¿Para llegar a ser un ejecutivo estúpido? ¡Joder, qué castigo!