Insuficiente premio de una oreja al valor de Paco Ureña bajo la lluvia - MADRID ACTUAL

Insuficiente premio de una oreja al valor de Paco Ureña bajo la lluvia

Insuficiente premio de una oreja al valor de Paco Ureña bajo la lluvia
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Madrid, 11 may.- Una sola oreja, la que le cortó al último toro de la tarde, fue el insuficiente premio que obtuvo hoy en Las Ventas el diestro murciano Paco Ureña, que antes había hecho todo un alarde de serano valor bajo la lluvia y ante un complicado astado, pero para el que, extrañamente, no hubo petición de trofeos.

FICHA DEL FESTEJO:

Cinco toros de El Torero y uno de Torrealta (5º), muy desiguales de presencia, sin excesivo trapío los tres primeros, y con mucho más cuajo, volumen y pitones los tres últimos. Destacó la noble movilidad de primero y sexto, mientras que el resto resultó descastado o se defendió con mal estilo.

Manuel Escribano, de obispo y oro: pinchazo y bajonazo (silencio); media estocada muy trasera (silencio).

Iván Fandiño, de barquillo y oro: media estocada y dos descabellos (silencio); media estocada tendida atravesada y tres descabellos (silencio).

Paco Ureña, de malva y oro: pinchazo y estocada (ovación tras aviso); pinchazo y estocada (oreja).

Entre las cuadrillas, destacaron en la brega Víctor Hugo Saugar e Iván García, que también saludó tras banderillear al quinto.

Sexta corrida de abono de San Isidro. Tres cuartos de entrada, en tarde fría y con lluvia permanente.

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MÁS PARAGUAS QUE PAÑUELOS

La plaza de Las Ventas, es decir, la variable masa que compone su público durante San Isidro tiene a veces reacciones difíciles de entender, tal y como sucedió hoy ante la más que meritoria faena de Paco Ureña al tercer toro de la tarde.

Porque, justo cuando más arreciaba la lluvia que está castigando el arranque del abono, el diestro murciano comenzó a fajarse con sobrada entrega ante un ejemplar de El Torero que ya desde su salida mostró su áspera mansedumbre.

Pero, sin inmutarse bajo el aguacero, Ureña se plantó férreamente sobre el barro para no sólo sujetar sino también aguantar sin ninguna duda unas embestidas cada vez más ceñidas y a la defensiva, con el animal protestando siempre al esfuerzo que le planteaba la muleta.

El mal estilo del toro, al que su matador robó varios derechazos extraordinarios sin que el público reaccionara en la misma medida, se apreció más y mejor por el pitón izquierdo, por donde cada arrancada fue una amenaza a la femoral.

Pese a todo, Ureña no dio ni un paso atrás, al contrario: se lo ganó pase a pase al desabrido animal para finalmente cuajarle una tanda de cuatro muletazos de verticalidad manoletista que fueron la guinda y la señal inequívoca de su victoria.

Lo que menos se podía esperar fue que, tras un solo pinchazo y la estocada definitiva, no asomaran apenas pañuelos bajo los paraguas que dominaban el paisaje para pedir esa oreja que Ureña se había merecido con creces.

Sí que se la dieron, en cambio, del sexto, un ejemplar de aparatosa cornamenta, que sí que sacó nobleza y resultó más que manejable en el extenso barrizal que ya era el ruedo.

Esta otra faena del torero de Lorca tuvo altibajos motivados por sus propias ansias de triunfo, reflejadas en cierto aceleramiento de mitad de obra en adelante, aunque para el público pesó más la emoción del conjunto y la disposición absoluta del que finalmente fue el triunfador, a medias, de la corrida.

Y eso que hubo otro toro de los de El Torero que ofreció opciones de triunfo, como fue el que abrió plaza, que en el último tercio repitió incansable y con clara nobleza, aunque falto de un punto de mayor celo.

Manuel Escribano le dio muchos pases, ligados, sumados, pero sin poso ni reposo, en un largo destajo que estuvo precedido por un tercio de banderillas igual de anodino. Luego con el quinto, que apenas tuvo fondo, ya no tuvo ocasión de desquitarse.

A Iván Fandiño, por su parte, le tocó un segundo toro descastado que se salía aburrido de las suertes y un quinto, el remiendo de Torrealta, que no cesó de pegar cada vez más violentos tornillazos a las telas. Su mejor decisión, entre ese peligro añadido de la lluvia y el barro, fue la de no perder el tiempo con ninguno de los dos.


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