Se vende nostalgia en Recoletos - MADRID ACTUAL

Se vende nostalgia en Recoletos

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Se vende nostalgia en Recoletos
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Frente al Café Gijón, hogar extraoficial de las letras españolas y segunda casa de varios de nuestros mejores literatos, se vende estos días nostalgia, pero en forma de esos libros que consiguen devolverle la juventud a un anciano, sacarle las lágrimas a una universitaria o el dinero a un coleccionista.

Desde el pasado 1 de octubre y hasta el próximo día 18 del mes que eligió Sampedro para titular su novela más destacada, las casetas de la Feria del Libro Antiguo serán las protagonistas en el paseo de Recoletos, un enclave icónico de Madrid, que por unas jornadas esconde joyas ocultas en páginas desgastadas.

"Para mí es un orgullo que una persona de 80 años venga y vea un tebeo de cuando era un niño", explica Juan Molina, presidente de Libris, la Asociación de Libreros de Viejo, entidad que organiza esta Feria.

"A ese señor con 80 años se le caen las lágrimas, el tebeo le hace joven en un momento", afirma Molina, veterano librero que lleva una vida rescatando volúmenes de gran valor condenados al olvido por mudanzas o pesadas herencias de aquel abuelo que tenía una gran colección en casa.

Su librería se llama Vitorio, está especializada en el libro viejo y antiguo y durante estos días, como ha hecho desde hace 27 años, no faltará en el paseo de Recoletos, donde 41 librerías pondrán a disposición del turista o paseante despistado cerca de medio millón de libros antiguos desde un euro.

"Cuando hablamos de libro antiguo, no solo hablamos de libro caro", recuerda Patricia Romo, quien en su puesto de la Librería Romo ofrece desde carteles antiguos de toros hasta ediciones de libros del Siglo de Oro con la huella censora de la Inquisición manuscrita.

"Te puedes comprar un libro de 1800 por lo mismo que cuesta hoy una novedad, por el mismo precio de una edición nueva de Pérez-Reverte", insiste Romo, quien pretende acercar el libro antiguo a la gente contemporánea, a la que a veces "le da miedo" atreverse.

La librera explica que no pasa nada, que a sus puestos "se puede entrar", ya que hay libros para todos, también para los coleccionistas, asiduos a este tipo de eventos y sustento fundamental para los profesionales del sector.

"El día a día es lo que nos da de comer", reconoce Romo, quien también admite que en ocasiones "da pena" desprenderse de ciertos volúmenes con gran valor, porque, como subraya, saben que no los van a volver a ver.

"Todo el mundo debería tener la oportunidad de tener un Shakespeare o un Federico García-Lorca en sus manos alguna vez, aunque no lo pueda comprar", enfatiza Molina, quien al respecto aún recuerda las lágrimas de una chica -"de unos 18 años", matiza- que se le acercó un día en busca de algo del poeta de Fuente Vaqueros.

"Cuando pudo tocar una primera edición dedicada por García-Lorca que yo tenía, se le saltaban las lágrimas", dice orgulloso el librero, quien encuentra en instantes así el motivo de su profesión.

La cara de asombro de la joven, al igual que las de los ancianos que encuentran los libros de su infancia, debe de ser de impresión, como, según reconoce Romo, la que se les escapa a los coleccionistas cuando se topan con una pieza única con un valor que le resta varios ceros a la cuenta corriente, algo que admiten encantados, porque saben que se llevan un gran libro.

"Es muy parecida la cara que se le queda al coleccionista que a ese abuelillo", subraya risueña Romo, quien por unos días trasladará su tienda, como la de Molina, al paseo de Recoletos para hacer lo que mejor sabe hacer.

"Vendemos nostalgia, no sólo a grandes coleccionistas, sino a todo tipo de gente", concluye Molina. Enrique Delgado Sanz.

 

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